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El auxilio ignorado de los caballos de alquiler en Galipán

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Justo en la entrada del pueblo de Galipán, ubicado en la ladera norte del cerro el Ávila, en el estado Vargas, alrededor de veinte caballos reciben a los visitantes que deciden dejar a un lado lo cotidiano y tomarse un chocolate caliente, comer fresas con crema o pasear en caballos a 1.800 metros sobre el nivel del mar. Efecto Cocuyo

Familias enteras van y vienen por la vertiente norte del litoral o por la vertiente sur, desde Caracas. Se muestran ansiosos. Los niños saltan, se frotan las manos y halan a los papás para que aceleren el paso hacia los caballos que lo llevarán a recorrer el poblado. Lo que no pasa por sus mentes es cómo transcurre el día a día de estos mamíferos. Luisa Marín tiene veinte años y desde que comenzó a trabajar en el kiosco, frente de donde alquilan caballos, vive traumada por el trato que reciben los indefensos.

En enero de 2015, Luisa fue testigo de una escena que la marcó para siempre: un caballo cayó al suelo frente al kiosco que acababa de comprar. Su dueño le había pegado en la cabeza con un martillo tantas veces como pudo. No había pasado un segundo y Luisa ya estaba afuera de su puesto enfrentando al agresor con las palabras más fuertes que salían de sus entrañas.

Desde entonces, se ganó la enemistad de este y de los otros veintinueve aproximadamente que alquilan caballos en la entrada del pueblo de Galipán. La mayoría viene de afuera. “Pueden llegar niños desde los 10 años con sus caballos para alquilarlo, hasta señores de 60 años a hacer lo mismo. No hay autoridad en el pueblo que establezca reglas de convivencia” dice Luisa, quien tiene sus 20 años de vida viviendo en la zona turística.

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Entrada a Galipán

Esa no fue la única vez que Luisa presenció un acto de frialdad hacia los mamíferos de cuatro patas. “Una vez vi cómo obligaban a los caballos a caminar con descargas eléctricas. Se pasaban el aparato unos a otros para hacer que los caballos reaccionaran más rápido”.

Ella aún no encuentra una razón en el mundo capaz de hacer merecedor a un ser vivo de tal castigo.

“Todo eso ha pasado a plena luz del día, con personas sentadas en los kioscos. La gente lo que hace es que se levanta y se va. No hacen nada, no dicen nada”, reprocha Luisa, quien dice que las acciones inhumanas de los alquiladores, que visten casi siempre con aspecto descuidado, han afectado las ventas en su negocio.

Luisa le echa la culpa de tanta maldad permanente a la apatía de la gente y asegura que esta es la segunda generación, después de la que comenzó el negocio de alquiler de caballos en el lugar, sin embargo, “antes eran más conscientes, ahorita le pegan con palos, tablas, cables, alambres y hasta con martillos”.

Se siente cansada y afectada psicológicamente porque, además, sabe perfectamente que ninguno de los cuidadores de caballo cumple con las mínimas condiciones para cuidar animales. Entre esos caballos que viven todos los días bajo el sol, la lluvia y la noche, hay varios que sufren de desnutrición y otro, al que, por la misma razón, no le da más de un mes de vida.

Relata que antes no dudaba en llamar a la Guardia Nacional Bolivariana cuando era testigo de violencia hacia los equinos pero ha dejado de hacerlo “porque cuando la Guardia llegaba, ellos les decían que no habían hecho nada y estos respondían: – ¡Ah, Ok! Cualquier cosa nos avisan”.

Luisa cuenta con impotencia no poder levantarse en las mañanas y mantener el ánimo que en el principio le producía atender su propio negocio. “He dejado de venir a trabajar los días de semana porque no aguanto tanta injusticia. Los tengo aquí en frente de mí y ya estoy cansada de enfrentarme a ellos pero yo sola no puedo”.

Ha perdido la cuenta de la cantidad de veces que ha corrido a defender a los caballos, al igual que Carmen Cequera, la vendedora del kiosco contiguo. Asegura que “cuando uno de ellos está pegándole a su caballo y este no le responde, los otros empiezan a decirle que ese caballo no sirve, entonces se ponen más agresivos y la pagan con los pobres animalitos”.

Cequera relató el momento en que un caballo llegó al frente de su negocio dando vueltas “del maltrato que había recibido”.

Antonio Varon anda a caballo desde los cinco años y es uno de los más buscados en la zona para el alquiler de caballos. Aunque está consciente del maltrato que reciben los otros caballos, los tres que le pertenecen los trata “dócilmente”. “A los caballos no hay que pegarles. Yo no veo la necesidad”, manifiesta.

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Caballos de Antonio Varón

Efecto Cocuyo se trasladó hasta el lugar y pudo constatar las repetidas lanzadas de coz (movimiento violento hacia atrás con una pata) de los caballos ante el cariño de unos y el desprecio de otros.

Luisa ha comenzando a formar un grupo de voluntarios comenzando por sus familiares para que se sumen a un proyecto que pretende exponer al Consejo Comunal y, de esta manera, recibir ayuda en la construcción de un refugio para animales. Es un proyecto que busca hacer realidad de la mano de instituciones como la Asociación Pro-Defensa de los Animales (ASOPROA) y expandir el conocimiento a los niños de la Escuela San Isidro.

Sueña con crear un refugio de animales en Galipán donde puedan convivir no solo los caballos, sino también los perros que deambulan en la zona. “Tenemos una sobrepoblación de perros que no tienen la culpa de haber nacido. Hace días esterilicé junto a mi familia, veinticinco perros y no habían pasado por enfrente de los demás kioscos y ya les estaban echando agua caliente”.

Mientras tanto, para ella, todos los dueños, cuidadores o alquiladores de caballos, pueden ser castigados por la justicia que sea.

Efecto Cocuyo

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